“No merecemos unos tratos como las personas que siguen armadas”

Carta escrita 1.

Yo, firmante de paz, me dirijo al pueblo colombiano, mi pueblo.

Madre de cinco hijos, cuatro de sangre y uno de crianza. Desde niña mis sentimientos estuvieron inclinados hacia la búsqueda de la justicia, marcados por las dificultades de nuestra niñez.

Mi padre, ya mayor, hacía todo lo posible para alimentarnos. Mi madre, joven y trabajadora, dedicaba sus días al cuidado de sus hijos y a lavar ropa para ayudar al sustento de la familia.

A pesar de ser apenas una niña de seis o siete años, sentía la impotencia que produce la desigualdad.

Mis compañeritas me regalaban ropa y zapatos que ya no usaban. Aquellas experiencias me hicieron comprender, desde muy temprano, las diferencias que existen entre unos y otros.

¿Cómo no iba a convertirse en una persona diferente alguien que vivió de cerca la estigmatización que tantas familias han sufrido en nuestro país?

Llegué a mi juventud y me casé a los dieciséis años. Aún era una niña, pero tenía la esperanza de ayudar a mi familia al lado de una persona que creí me brindaría apoyo.

Estoy segura de que nosotros, los campesinos y el pueblo de los nadie, hemos vivido historias parecidas. Siempre, desde niña, tuve la convicción de que mi país necesitaba un cambio.

De allí surgieron muchas de mis decisiones.

También conocí la estigmatización que enfrentamos las mujeres, muchas veces desde nuestros propios hogares.

Comprendí entonces que debía aportar a quienes buscaban transformar la realidad de nuestro país.

Cuántas noches lloré viendo a mis hijos, tan inocentes, enfrentar necesidades que ningún niño debería padecer.

Hasta que un día tomé la decisión de rebelarme contra esa situación y, pensando siempre en mis hijos, busqué otros horizontes.

Cuando comenzaron los diálogos de paz fui inmensamente feliz. Era un sueño que había esperado durante años. Los acuerdos representaban la ilusión de volver a tener a mis hijos a mi lado y construir una vida normal.

"Somos humanos y tenemos derechos como pueblo."

Sin embargo, como muchos firmantes de paz, he sentido el peso de la estigmatización, la persecución y la violencia. Por el simple hecho de querer cambiar de vida y hacer parte de la sociedad como cualquier ciudadano, hemos enfrentado enormes dificultades.

Muchas de las promesas contenidas en los acuerdos aún no se han cumplido. Hoy seguimos sintiendo que se nos señala y se nos juzga, aun cuando hemos cumplido con nuestros compromisos.

Por medio de esta carta pido respetuosamente que se continúen fortaleciendo los espacios de diálogo y concertación. Quienes apostamos por la paz merecemos ser reconocidos por el esfuerzo que hacemos cada día para cumplir con lo acordado.

No hablo desde el resentimiento. Hablo desde la preocupación que siento por mis compañeros y compañeras que viven situaciones difíciles, por quienes han sido amenazados y por quienes aún esperan oportunidades para reconstruir sus vidas.

Yo misma me siento triste y preocupada. Soñé con vivir junto a mis hijos en tranquilidad y con ejercer plenamente mis derechos como ciudadana. Como muchos otros firmantes, he trabajado, estudiado y buscado aportar a la sociedad.

Solo pido por nuestro pueblo sufrido y maltratado. Pido que no olvidemos que detrás de cada historia hay seres humanos que desean vivir con dignidad.

Habemos firmantes adultos mayores, personas enfermas y familias enteras que aún enfrentan incertidumbres sobre su futuro. Pensamos en nuestros hijos, nuestros nietos y en las generaciones que vienen detrás de nosotros.

Me despido con un profundo sentimiento de inconformidad, no solamente por mi situación, sino por la de todos aquellos que creímos en la posibilidad de un país diferente.

Con lágrimas en los ojos observo los desafíos que enfrenta nuestra nación, pero también mantengo la esperanza de que el diálogo, el respeto y la paz sigan siendo posibles.

Firmante de Paz Antioquia